Los oráculos de Delfos

Hace tiempo había leído esta historia solo que no recordaba dónde y ahora me la vuelvo a encontrar en la fuente original.

Transcribiré las partes que se me hicieron más interesantes y por las cuales tenía la inquietud en poder encontrar nuevamente el relato.

El santuario de Delfos, considerado por los griegos como el centro geométrico del mundo, se convirtió en uno de los principales núcleos culturales de la antigua Grecia; allí, los sacerdotes de Apolo reunieron todo tipo de información que pudiera ser útil a los hombres de su época. A veces, está información se divulgaba a través de los oráculos que emitía la pitonisa y, en otras ocasiones, en forma de sentencias o frases cortas pero llenas de contenido, en las que se eliminaba todo aquello que sobraba y su significado era, a veces, de difícil comprensión.

Algunas de ellas estuvieron grabadas en las puertas del templo Apolo, como la expresión «conócete a ti mismo» (…).

Otra frase suya grabada era «nada en exceso» (…).

Un buen número de oráculos se emitían recurriendo al vuelo de las aves (…) y otros métodos similares. Tan solo aquellos asuntos de cierta importancia se planteaban a la Pitia; ésta, una vez alcanzando el éxtasis inspirado por Apolo, emitía frases ininteligibles o de difícil interpretación, a veces simples ruidos, que eran interpretados por los sacerdotes y estos se encargaban de darle una forma -versificada en endecasílabos rimados- y un contenido generalmente ambiguo que tanto servía para decir una cosa como la contraria, de modo que el oráculo apenas se equivocaba.

Un buen ejemplo de esta ambigüedad fue el caso del rey Creso de Lidia, quien decidió atacar al imperio persa (…).

Al acudir a Delfos y a cambio de una ofrenda de un valor exorbitado, solicitó de Apolo un oráculo acerca del éxito de su proyectada expedición; obtuvo de los sacerdotes la siguiente respuesta: «Si Creso cruza el río, se perderá un imperio», lo cual lo animó a pasar las aguas de este río fronterizo con el enemigo.

Lo que Creso no entendió es que el oráculo de Apolo nunca dejaría de tener razón, se leyera como fuera, y que el imperio que se perdería era el suyo propio; Ciro II el Grande, rey de Persia, conquistó Lidia en el año 546.

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